Hay varias personas que me han acercado música bellísima y a quienes estaré siempre eternamente agradecida por ello. Uno de esos temas es "Hope there's someone", de Antony and the Johnsons.
Recuerdo el momento en que escuché este temón por primera vez, sin contexto quizá la experiencia sintiendo esta canción sea totalmente diferente. Por ello, contextualizo. Tras diez años en un colegio donde me rompieron en pedazos ante la mirada silente de todos, ante la ausencia de voces adultas que dieran respuesta a la situación y la ausencia de muchas manos que debieran haberse tendido. A pesar de eso, durante diez años fue mi zona de confort, mi zona de dolor conocido. Mucho tiempo. Por aquel entonces, tenía dieciséis, eran los últimos meses de cuarto de la eso, repetidora, en un nuevo instituto donde congenié desde el principio muy bien con un grupo que a mediados de curso me hizo el vacío porque estaba bastante prendada de una de las personas de ese grupo a nivel musical y personal. Y, quizá desafortunadamente, tuve a bien decírselo a otra persona del grupo, a la menos indicada. Con lo cual todo se rompió. En esa soledad, ese vacío, se hizo más visible una mano que en ese momento agradecí, aunque luego se volvió tóxica al diferir en objetivos e intenciones.
Cromáticos por mi parte, epidérmicamente cálidas por la suya.
Una de esas tardes, al salir del instituto con mi española colgada a la espalda, acabamos sentados en una de las escaleras del parque Eva Perón. He de decir que siempre me ha enamorado el arte, y la mirada y las manos de quien delicadamente lo elabora. Y puede que de tanto amor por el arte, mi admiración puede confundirse (a ojos ajenos) con enamoramiento. Me voló el corazón este tema, y sólo lo escuché de sus labios. Cuando me alejé, no pude seguir escuchándolo porque no paraba de doler la eterna ausencia, que todos se fueran. Unos por no conseguir ese calor anhelado, otros por no querer esperar vida entre tanto derruido. El resto ni se sabe, puede que se cansen de la espera: preludio del renacer del fénix.
Tardé mucho en poner distancia entre mi historia que veía reflejada en cada acorde, cada palabra, cada latido, y poder escucharla sin romperme de nuevo de esa forma, con esa intensidad.
Ahora la escucho, me vuela el corazón, no voy a negar que se me empaña/nubla la mirada, se aproxima tempestad en mi mirada y se me agolpa un océano en mi garganta. No quisiera nunca escucharla y no sentir nada, creo sinceramente que es maravillosa. Pero siempre la escucho con la sensación de, sin olvidar todo el dolor pasado y toda la vida reflejada en ella, seguir levantándome de nuevo porque merece la pena seguir adelante. Porque tendrá que haber alguien que permanezca, que me tienda la mano cuando me falte el aire para seguir.
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