Que puede ser, no digo que no.
Sólo puede ser que haya llegado ya a la zona de confort y no quiera marcharme.
Puede ser que (tú) te hayas dado cuenta.
[ Que mi umbral del dolor comienza cuando me sueltas la mano.
Estoy aprendiendo a imaginar finales felices,
que me den la serotonina que te llevas cuando te alejas. ]
Y por eso ahora miras en otra dirección, con la de heridas que eso genera.
Que llevo horas pensándote y esperando.
Como si volviera a los nueve años, esperando que llegue la hora del recreo
para abrazarte fuerte con la excusa de que ya no me quedan más. Excusas.
Me vuelvo a poner. De pensarte.
Y las excusas me sobran. Que aquí sólo faltas tú.
O yo.
Tal vez, tomar la opción de dejar de respirar al compás del caos haga que me relaje.